DÍA 18 – SÁBADO 23 DE MAYO
Empiezo el día con el té dorado. Siempre es una delicia: caliente, espeso, con una cucharadita de miel que lo vuelve abrazo. Después salgo a caminar. Hoy la caminata es más larga, casi una hora, y desde ayer camino con pesas en los pies. El cuerpo se siente distinto, más compacto. Hay una sensación de mayor firmeza, como si todo estuviera más recogido y presente por dentro.
Regreso a preparar el batido mañanero, aunque debo admitir que quien realmente salva la mezcla es el limón. La espirulina, la zanahoria y el colágeno hacen lo suyo con los sabores y el limón llega a reconciliarlo todo.
A media mañana preparo un extracto de remolacha con espinaca y limón. Sigo escribiendo y editando los textos de estos días acompañada de un té caliente. Me emociona pensar que ya solo quedan tres días para terminar la experiencia. También aparece algo de ansiedad por cómo será la transición, por el regreso paulatino a la comida, por ese delicado equilibrio entre cuidarme y no desbordarme.
Los antojos ya empiezan a hablar más duro. Pienso en arepa. Pienso en arroz.
Antes del almuerzo, un colibrí entra al comedor por una de las ventanas. Logro atraparlo suavemente con mis manos para ayudarlo a salir. Siento su pequeño cuerpo caliente latiendo aceleradamente entre mis dedos. Poco a poco se tranquiliza. Hay algo profundamente conmovedor en sentir un corazón tan diminuto palpitar con tanta fuerza antes de liberarlo nuevamente.
El almuerzo resulta una verdadera delicia. La sopa de tomate esta vez lleva cuadritos de aguacate y un toque de jalapeño que transforma completamente el sabor. La ensalada de zanahoria con melón y limón me sabe a gloria. Increíble cómo algo tan sencillo puede sentirse tan abundante.
En la tarde salgo al pueblo a hacer algunas compras, siempre hidratándome con mi mezcla de agua, bicarbonato, sal y un poquito de miel. Pero el regreso se convierte en una prueba inesperada. Mi esposo compra pan caliente y todo el carro empieza a oler a pan fresco. El aroma invade cada rincón y yo comienzo a salivar como el perro de Pavlov.
Llego a casa agotada, ansiosa, molesta. El hecho de no poder comer el pan se siente más grande de lo que debería. Entro a la cocina y encuentro una olla de arroz sobre la estufa. Y peco. Me como dos cucharaditas.
Después me preparo mi crema dulce de la noche, pero la ansiedad sigue ahí. Como rápido. Me inflo. Eructo. Y entonces entiendo que tal vez no es solamente hambre.
Mejor salgo a rociar las plantas para calmar toda esta sed… o hambre… no lo sé.

