Scroll Top
cronicas de una desinflamacion

DÍA 4 – SÁBADO 9 DE MAYO

Despierto temprano, como casi todas las mañanas, emocionada porque voy a mi montaña: Majuy. Ya tenía lista la ropa desde anoche. Me pongo las botas y lista. Preparo mis batidos para llevar en la mochila: uno verde para el desayuno, con lechuga, sandía y apio; y otro, “shot sana todo” —como lo llama Lucía—, de zanahoria, apio, jengibre y limón, de un color naranja vivo que, con cada sorbo, efectivamente me hace sentir viva.

Aparecen algunos nervios.
¿Será muy pesada la caminata?
¿Llevaré suficiente alimento?

El sol nos acompañó toda la mañana. Me encanta poner mis manos sobre la tierra para plantar vida y sentirme una con la madre naturaleza. Mis preocupaciones fueron en vano. Disfruté la mañana con mis dos frasquitos llenos de alimento y mi respiración consciente nutriéndome. Inhalo calma. Exhalo profundo. Suelto miedo y me recargo de vitalidad.

Para el almuerzo, una nutritiva crema de tomate, aguacate y especias. Eso sí, acompañado de mi consomé caliente con sustancia de cebolla y cilantro. Mientras lo preparaba me dije: si mi alimentación fuera siempre así, a base de frutas, vegetales y alimentos crudos, el gasto en comida se reduciría y mi salud y vitalidad se incrementarían considerablemente.

Descanso y trabajo un par de horas en el computador durante la tarde. A las cinco me levanté a rociar las plantas que había sembrado el día anterior. Mi mente entra en un silencio profundo cuando riego el jardín y se disipa la presión en mi cabeza.

Hora de la cena: una cremosa mezcla de manzana con zanahoria, limón y almendras, decorada con ciruelas y linaza. Gratificante. Quedo con la barriguita llena, realmente satisfecha.

Indecisa sobre si leer, escribir o acostarme a descansar y no hacer nada. Pero aún no cae la noche. Elijo escribir, adelantar algo de trabajo, y así se va el tiempo. Hiperreflexiones. Mi cabeza no para. Necesito mover esta mente. Mañana invito a mi esposo a montar bicicleta.