DÍA 7. MARTES 12 DE MAYO
El torturante ruido de la alarma de la vecina me despierta dos veces en la madrugada. A las 3:19 am empiezo a dar vueltas de un lado a otro, los pensamientos comienzan a dominar mientras mi cuerpo solo quiere descansar. Batalla campal. Lado izquierdo, lado derecho; elijo boca abajo, pero mis tripas y mi esófago se oponen. Finalmente termino boca arriba y mi gata viene a ronronear sobre mi regazo, calientita y amorosa, con sus ojos, uno verde y otro azul. Dulce Minina.
Ya en calma, sobreponiéndome a la rabia con la vecina, mis manos van amorosamente sobre mi rostro, acariciando cada parte. La piel está delgada y logro percibir la silueta de mis huesos. Mis senos se han recogido. Mi vientre, calientito, recibe con agrado el reconocimiento; eso sí, aún con tejido voluptuoso.
Tres rondas de diez saltos con mi nuevo lazo. Pequeña gran victoria. Luego, treinta y cinco minutos de enérgica caminata. Siete minutos más en la caminadora acomodada en la terraza, donde me acompañan algunas suculentas y un frondoso nogal de trece años, la misma edad de mi nieto. Todos danzando con las caricias del viento.
La guayaba del desayuno tenía sabor al jardín de los abuelos, al menos en mi memoria, porque el limón y el apio transformaron su dulzura.
Salgo al pueblo a comprar lo que falta para la segunda semana. Nuevamente los estantes llenos de sabores y colores. El kale, la menta, la manzanilla y otras hortalizas salen directo de nuestro fértil huerto.
El almuerzo me encantó. Realicé un cambio estratégico: el aguacate grande por el hass. Me gusta más el sabor y, mezclado con el tomate fresco, deleita mi paladar, que a propósito hoy está mucho más desinflamado. Ya no hay ese caluroso enrojecimiento que irradiaba hasta mi oído.
En la tarde, unas horas para escribir, leer y atender la discusión de mi libro en inglés. Ya cae la noche; los pajaritos empiezan a anunciar la hora del descanso.
Disfruto mi cena: un batido de papaya con zucchini, almendras y, como siempre, linaza y ciruela.

