DÍA 9. JUEVES 14 DE MAYO
Rutina mañanera. O mejor: medicina.
Caminata, caminadora y saltar lazo.
El batido de kiwi entra nuevo en el menú de la mañana.
Día de cine. Toda una logística. Preparar ceviche —sí, ahora hay ceviche— con algas wakame; me fascina su sabor a mar. Preparar la lonchera, extracto verde para la tarde y batido para la cena.
Nos desplazamos durante más de una hora hacia Chía. Compramos los boletos y nos sentamos a ver la película de Michael Jackson.
No tengo hambre. No tengo antojos.
Mi esposo ordena hamburguesa y gaseosa, y yo sigo con mis manjares verdes y crudos.
Uno de los batidos tiene pedazos de almendra y, en una de esas mordidas, siento cómo se desprende un pequeño fragmento de mi diente. Al salir del teatro le pregunto a mi esposo y, efectivamente, corrobora que se ha fracturado.
De regreso a casa aparece el cansancio. La ansiedad. El afán.
El cuerpo acelerado. La mente corriendo detrás. Como si me estuvieran persiguiendo.
Cuando por fin arribo a mi refugio, cambio mi ropa por algo cómodo y fresco. Respiro. Bajo el ritmo. No hay prisa, estoy a salvo.
Hoy no hay muchas notas. Solo el cuerpo pidiendo pausa.

